Tuesday, 2 December 2025

Cómo África y el Caribe Me Cambiaron

Desde que tengo memoria, África ha estado dentro de mí… siempre hubo una atracción que no podía explicar, una curiosidad que no desaparecía y una sensación de conexión que no tenía lógica pero que no podía ignorar. En especial África Occidental, una región hacia la que siempre sentí una atracción especial, incluso antes de entenderlo realmente. No sabía cómo describirlo entonces, pero ahora, mirando atrás, creo que una parte de mí ya intuía que ese lugar iba a tener un significado importante en mi vida.



Y aun así… me mantuve lejos, no porque no quisiera ir, sino porque todavía no era lo suficientemente valiente. Me costó más de diez años reunir el coraje para seguir ese instinto y verlo por mí misma porque durante mucho tiempo tuve una imagen de todo un continente moldeada por décadas de mensajes engañosos en los medios de comunicación desde una mirada distorsionada que hacía que lo desconocido se viera como un peligro en vez de algo bonito. Dejé que el miedo y la desinformación crearan distancia entre yo y un lugar que llevaba años llamándome.

Me tomó mucho tiempo entender esto: a veces, los lugares que más necesitamos experimentar son precisamente los que más miedo nos dan.

El momento en que finalmente fui por primera vez, algo dentro de mí se abrió. Sentí una mezcla de reconocimiento y alivio, como si recordara algo que no sabía que había olvidado. Me sentí más segura, más acogida, más comprendida y más en casa que en muchos lugares en los que “se suponía” que debía sentirme conectada… y creo que eso lo cambió todo.

Antes viajaba con una mentalidad completamente distinta. Pensaba que quería perseguir grandes ciudades, luces brillantes, lugares icónicos, tachando ciudades famosas de una lista. En ese momento parecía emocionante, pero era superficial y, aunque nunca lo dije en voz alta, ni siquiera a mí misma, cada vez que regresaba a casa sentía un vacío, como si algo faltara.







Pero entonces llegó Grenada.

No lo sabía entonces, pero esa isla sería el comienzo de una nueva relación con el mundo, conmigo misma y con la forma en la que quería viajar. Aún recuerdo aquella mañana temprano en el balcón, tomando té de cacao con la abuela de mi exmarido, nos quedábamos con ellos, en un barrio local sin hoteles ni resorts. La manera en que me contó su historia, su vida, sus sueños y sus sacrificios, con tanta honestidad y dulzura, me enseñó lo que es escuchar de verdad. Sé que su vida no se parecía en nada a la mía y, aun así, me encontré reflejada en sus palabras.



Más tarde, en ese mismo viaje, en el mercado de St. George’s, un hombre mayor que se sentó frente a mí mientras yo bebía una Ting también me marcó. Escuchó mi acento español y sonrió, y luego comenzó a hablarme de su vida… de su carrera en la radio, de la política, de la Grenada que él había vivido y que yo nunca conocería. Dos desconocidos de mundos completamente distintos, y aun así una conexión natural. Esos momentos marcaron un antes y un después. Algo hizo clic dentro de mí: entendí que viajar no era ver lugares; era ver a la gente.



Y una vez que esa puerta se abrió, caminé a través de ella sin mirar atrás.

Cuando tomé la decisión consciente de viajar a África Occidental por primera vez, todo lo que había aprendido en el Caribe se profundizó. Si soy honesta... me desafió hasta la raíz porque me hizo ver sesgos internos que no sabía que tenía y me obligó a sentarme con la incomodidad. Me mostró un mundo completamente distinto al mío y me pidió que no lo juzgara ni tratara de arreglarlo, sino simplemente verlo. Ese primer viaje al continente me abrió, me removió y me hizo cuestionarlo todo: el mundo que siempre había conocido y a mí misma.

Marruecos, y especialmente el Sahara, me confrontaron con el contraste. Para mí, el desierto era a la vez suave y amenazante, alma y sombra, silencio e intensidad. Me di cuenta de que había pasado gran parte de mi vida intentando meter todo en cajas: seguro o peligroso, correcto o incorrecto, bueno o malo… cuando la vida es siempre ambas cosas. El Sahara me obligó a sentarme con las contradicciones en lugar de huir de ellas.




Senegal me enseñó que la comunidad es la base de la vida. La gente se mueve junta, se apoya mutuamente, entiende que pertenecer es algo que se construye, no algo que se compra. Ver cómo se muestran unos por otros me recordó lo desconectada que la vida occidental me había dejado del “nosotros”.




Gambia me enseñó a soltar el control porque, especialmente en África, los planes no siempre salen como uno espera, y eso no es un fracaso. Confiar en que todo pasa por una razón, aprender a fluir, aceptar lo que es y hacer lo mejor con ello ha sido uno de mis mayores aprendizajes, aunque todavía estoy aprendiendo a integrarlo.




Costa de Marfil me enseñó sobre la alegría en su forma más humana. Vi comunidades cargando historias duras y desafíos reales, y aun así eligiendo la risa, la música, el baile y la conexión. Esa alegría era valiente y resistente, y me hizo replantearme lo que yo entendía por “ser fuerte”.




Y luego… llegó Ghana.



Ghana no fue solo un país para mí, fue un espejo. No tenía ninguna expectativa para ese viaje, pero venía de un año difícil y confuso, uno que me obligó a replantearme mi vida mientras seguía escondiendo partes de mí. Quizás fue eso, quizás que me sentía más cómoda hablando inglés, o quizás simplemente que las personas que conocí fueron abiertas, curiosas, reflexivas y acogedoras. No lo sé, pero sí sé que las conversaciones que tuve allí me cambiaron de una forma que no sabía que necesitaba.



Me encontré sentada frente a personas cuyas vidas no se parecían en nada a la mía: culturas distintas, infancias distintas, caminos distintos… y aun así nuestras conversaciones me hicieron bien, me hicieron sentir vista. Debatimos sin compararnos, nos enseñamos mutuamente, nos escuchamos de verdad y, sobre todo, respetamos nuestras verdades porque estábamos escuchando para entender, no para reaccionar.

Hablamos del amor: del que te drena o te salva.
Hablamos del dolor: del que escondes detrás de la fuerza.
Hablamos de la identidad: de lo que muestras y lo que proteges.
Hablamos del mundo: y de lo poco que nos entendemos hasta que decidimos hacerlo.

Esas conversaciones me enseñaron que ser humano es suficiente para crear un puente. A menudo nos hacen creer que las diferencias son barreras, pero cada viaje me ha demostrado que son invitaciones: invitaciones a entendernos, a ser curiosos en lugar de defensivos, a ver a la persona y no el estereotipo. Cuando de verdad te sientas con alguien que piensa distinto y lo escuchas con sinceridad —no para defenderte, sino para entender— algo se mueve dentro de ti. Las paredes se ablandan, las suposiciones caen, y aparece la persona real que tienes delante.

Probablemente ese ha sido el mayor regalo de viajar: entender que la conexión no exige que seamos iguales, solo exige intención.



Y en esas conversaciones nocturnas y vulnerables, entendí algo que llevaba años evitando: había pasado demasiado tiempo encogiéndome para ser entendida por las personas equivocadas. En Ghana nadie me dijo que era “demasiado emocional” o “demasiado intensa” o “un problema”. Al contrario, me mostraron que la profundidad es inteligencia, que la vulnerabilidad es fuerza, que la honestidad es conexión, y que no había nada malo conmigo. Simplemente estaba intentando ser yo en lugares que no sabían cómo recibirme. Me gusta pensar que Ghana me dio permiso para volver a mí misma.

Todas estas experiencias me cambiaron y, de forma natural, cambiaron la manera en que viajo y la manera en que veo el mundo. Viajar con propósito, para mí, no tiene nada que ver con interminables listas. Significa viajar con intención: elegir lugares que me enseñen, elegir experiencias que me transformen, elegir mostrarme tal cual soy en lugar de esconderme detrás de lo que creo que me da seguridad.

También significa apoyar a las comunidades locales, escuchar antes de hablar, respetar culturas incluso cuando desafían mis creencias, moverme más despacio, observar más y permitir que la incomodidad me enseñe, porque ahí es donde suele aparecer la verdad.

Significa soltar el control, dejar ir expectativas y permitir que el mundo me cambie, en lugar de intentar que encaje en lo que aprendí de niña.

Mi visión de lo que debería ser la vida ha cambiado por completo. Crecí en Europa, donde te enseñan desde pequeña que el éxito debe ser rápido, visible y constante… que siempre tienes que ir a por más. Y en ese camino nos olvidamos de vivir, de sentir, de estar presentes. África y el Caribe me mostraron que la vida puede vivirse de otra manera: más lenta, más profunda y más humana, en comunidad, con paciencia, con gratitud y con presencia.

Ahora me muestro en el mundo con menos juicio y más curiosidad, con menos certeza y más humildad, con menos miedo y más confianza. Me gusta pensar que soy otra persona gracias a estos lugares… más abierta, más conectada, más centrada y, sobre todo, más yo. Siempre intento aprender algunas frases en los idiomas locales, comer como come la gente de allí, decir que sí a las invitaciones incluso cuando estoy cansada o insegura, y usar mi intuición como mi brújula.

Un día, me encantaría organizar viajes para otras personas que quieran experimentar esta forma de viajar poniendo a las comunidades locales en el centro, aprendiendo de quienes realmente viven allí y ayudando a cambiar la narrativa sobre lo que estos países realmente son. Quiero que otros sientan lo que yo siento: que viajar puede cambiarte si te dejas, y que hay otra forma de moverte por el mundo, una que nace del respeto, la curiosidad y la conexión humana.

Y hoy, a mis 37 años, mientras escribo estas palabras, no puedo evitar pensar en mi yo del pasado… la que soñaba con África pero tenía miedo, la que escuchaba los miedos de los demás en lugar de su propia intuición, la que seguía aplazando ese deseo, cuando gran parte de quien soy hoy comenzó con aquello que más temía hacer. Si pudiera sentarme con ella ahora, le diría esto:



Ojalá te hubieras confiado antes.
Ojalá hubieras entendido que esas ganas que tenías desde hace años no eran casualidad.
Esa sensación en el pecho te estaba llevando hacia personas, lugares y aprendizajes que iban a marcarte de por vida. No estabas imaginando cosas, no estabas persiguiendo algo imposible… estabas escuchando una parte de ti que aún no sabías cómo creer.

No estabas equivocada por quererlo. Eras curiosa, abierta, y estabas más conectada contigo misma de lo que pensabas. Te estabas acercando a una versión de ti que aún no conocías: una versión que sabe estar cómoda con lo diferente, que ve más allá de los estereotipos, que abraza la incomodidad para crecer y que elige actuar desde la compasión en lugar del miedo.

Por favor, no dejes que ese miedo, sobre todo el miedo que no es tuyo, decida por ti.
No dejes que las voces de otros apaguen la tuya.
No dejes que nadie te convenza de que no perteneces a los lugares a los que tu corazón se siente atraído.

Ve donde tu alma se sienta más viva.
Con el tiempo descubrirás que África Occidental es uno de esos lugares para ti, incluso si al principio no entiendes el porqué.
La razón llegará después… porque siempre llega.

Algún día, el Caribe te mostrará en quién puedes convertirte: una chica más suave, más centrada, más conectada con la humanidad.
Y África te mostrará quién eres: una mujer valiente, intuitiva, curiosa y profundamente humana, aunque el mundo intentara hacerte olvidar de eso. 

Y te prometo que cuando mires atrás, no solo estarás agradecida por los lugares que visitaste o por todo lo que aprendiste. Estarás profundamente agradecida por las personas que se cruzaron en tu camino y se convirtieron en familia de formas que nunca imaginaste.

Friday, 28 November 2025

How Africa and the Caribbean Changed Me

For as long as I can remember, Africa lived inside me... there was a pull I couldn’t explain, a curiosity that didn’t fade, a sense of connection that made no logical sense but felt undeniably real. West Africa especially was a region I always felt drawn to, even before I truly understood why. I didn’t have the language back then, but looking back now, I think a part of me knew before I ever got there that something in me belonged to there.





And yet… I stayed away, not because I didn’t want to go, but because I wasn’t brave enough yet. It took me over ten years to gather the courage to follow that instinct and see it for myself. For so long, I carried an image of the continent shaped by decades of deceptive media. It created a distorted lens that made the unknown look threatening instead of beautiful and I let fear and misinformation build distance between me and a place that had been calling my name for years.

It took me a long time to understand a simple truth: sometimes the places we aré meant to experience are the ones we fear the most. But the moment I finally went, something in me cracked open and it was as if I remembered. I felt safer, more welcomed and understood, more at home than I ever had in places I was “supposed” to feel connected to and I believe that is what changed everything.

I used to travel with a completely different mindset because I thought I wanted to chase loud cities, bright lights and iconic places, ticking “cool cities” off a list. At the time, it felt exciting, but very shallow and, although I never said that out loud, even to myself, every time I flew back home I felt an emptiness inside as if something was missing.







But then Grenada happened.

I didn’t know it then, but that island would be the beginning of a new relationship with how I saw the world, myself and the way I wanted to travel. I still remember an early morning on the veranda, drinking cocoa tea with my ex-husband’s grandmother. We were staying locally with them in a neighborhoud without hotels or resorts. The way she told me her story, her journey, her dreams, her sacrifices with such honesty and gentleness was teaching me how to truly listen. Her life was nothing like mine, and yet I found myself in every sentence.



Later during that trip, in St. George’s market, that old man who sat in front of me while I drank a Ting changed me too. He heard my Spanish accent and smiled, then opened up about his life… his career in radio, politics, memories of a Grenada I would never know. Two strangers, different ages, coming from two different worlds, yet an effortless connection. Those moments were a before and after, because something clicked inside me and I understood that travel wasn’t supposed to be about seeing places but it was meant to be about seeing people.




And once that door opened, I walked through it without ever looking back.

When I made the conscious choice to travel to West Africa for the first time, everything I had learned in the Caribbean deepened. If I'm honest, it challenged me to the core because it exposed internal biases I didn’t know I had and it forced me to sit with discomfort. It showed me a world completely different from mine and asked me not to judge it or fix it but just to see it. That very first time in the continent made me question everything I believed about the world and about myself.

Morocco, and especially the Sahara, confronted me with contrast. For me, the desert was both gentle and threatening, soul and shadow, silence and intensity. I realised I had spent so much of my life trying to make things one thing or the other (safe or unsafe, right or wrong, good or bad) when life is always both. The Sahara forced me to sit with contradictions instead of running from them.




Senegal taught me that community is the foundation of life. People move together, they support each other, they understand that belonging is something you build, not something you can buy. Watching people show up for each other reminded me how disconnected our Western life had made me from the idea of “we.”








Gambia
taught me to release control because, especially in Africa, plans don’t always work as expected, and that’s not failure. Trusting that everything happens for a reason, learning how to flow, accepting what is and making the best out of it is one of the biggest gifts, although I’m still learning how to put this in practice. 




Côte d’Ivoire taught me about the simplicity and complexity of joy. I saw communities carrying pain, history, challenges, and still choosing laughter, celebration, music, dance and connection. That joy was courageous and resilient, and it made me question what I call “resilience” in my own life.






And then… Ghana happened. 






Ghana
was not just a country for me, it was a mirror. I had zero expectations for this trip or the country. But maybe it was because I was going through a painful and confusing year, one that forced me to reflect on what I want my life to look like while still hiding certain parts of myself, maybe it was because I felt more comfortable speaking in English or maybe it was because the people I met were open, reflective, curious and welcoming. I’m not sure, but I know the conversations I had there changed me in a way I didn’t know I needed.



I found myself sitting across from people whose lives looked nothing like mine... different cultures, different upbringings, different educational backgrounds and yet our conversations felt like healing. We debated without comparing, we taught each other, we listened to each other and, most importantly, we respected each other’s truths because we were truly listening to learn from each other’s point of view.

We talked about love... the kind that drains you or saves you, the kind you lose yourself in.
We talked about pain... the kind you hide behind strength.
We talked about identity... the parts you show and the parts you protect.
We talked about the world... and how little we understand each other until we choose to.

Those conversations taught me that being human is enough to build a bridge. Unfortunately, we’re made to believe that differences are barriers, but every trip I’ve taken has shown me they are invitations to understand each other, to be curious instead of defensive, to recognise that we don’t need to share the same background to connect on something real. I realised that when you sit with someone who sees the world differently and you genuinely listen (not to reply, not to debate, not to defend your own worldview but simply to understand), something shifts, your invisible walls soften and your assumptions dissolve because you start seeing the person in front of you instead of the story you created about them. Probably that’s the biggest lesson travel has given me: connection doesn’t require us to be the same, it only requires willingness.



And in those late-night talks and vulnerable exchanges, I realised something I had been avoiding: I had spent years shrinking myself to be understood by the wrong people. In Ghana, nobody told me I was “too emotional” or “too intense” or “too much.” If anything, they showed me that depth is intelligence, vulnerability is strength, honesty is connection and that there was nothing wrong with me; I had simply been trying to be myself in places that couldn’t meet me. I like to think that Ghana gave me permission to return to myself.

All these experiences changed me, and naturally, they changed the way I travel and the way I see the world. Traveling with purpose, for me, has nothing to do with checklists anymore. It means traveling with intention, choosing places that teach me, choosing experiences that transform me, choosing to show up fully instead of hiding behind my idea of comfort. It also means supporting local communities, listening before speaking, respecting cultures even when they challenge my beliefs, moving slower, observing more, and letting myself sit in discomfort because that’s often where truth appears.

For me, it also means letting go of control, surrendering expectations and allowing the world to change me instead of trying to fit it into a box I learned growing up. My entire vision of what life “should” look like has changed. I was born and raised in Europe so I learnt from a young age that Western culture tells us that success is loud, fast, productive and measurable... You keep chasing the next job, the next promotion, more money but somewhere along the way, we forget to live and to be present. Africa and the Caribbean taught me that life can be lived differently: slower, deeper, with community, patience, gratitude and presence.

Now, I show up in the world with less judgment and more curiosity, less certainty and more humility, less fear and more trust. I like to think I’m a different person because of these places... I am more open, more grounded, more connected and most importantly, more myself. I always try to learn a few sentences in the local languages wherever I go, eating the local way with local people, saying yes to invitations even when I’m tired or unsure, and using my intuition as my compass.

One day, I’d love to organise trips for others who want to experience this way of traveling, with local communities at the center, learning from the people who actually live there, helping shift the narrative of what these countries truly are.  I want others to feel what I feel: that travel can change you if you let it, and that there’s a different way to move through this world rooted in respect, curiosity, and human connection.

And today, at 37, as I write these words, I can’t help but think of my past self… the one who dreamed of Africa but was scared, the one who listened to other people’s fears instead of her own intuition, the one who kept pushing that desire aside because so much of who I am today began with the thing she was too afraid to do. If I could sit with her now, I’d tell her this:




I wish you had trusted yourself sooner, I wish you knew that the places you felt drawn to were calling you for a reason, even if you couldn’t explain it at the time. That feeling in your chest wasn’t random, it was guiding you toward people, places, and lessons that would become some of the most meaningful parts of your life and you weren’t imagining it, you weren’t chasing something unrealistic... You were simply listening to a part of yourself you hadn’t learned to trust yet.

You were not wrong for wanting it, you were curious, open-hearted, and more connected to yourself than you realised. You were being pulled toward a version of you that didn’t exist yet, the version who knows how to sit with differences, who sees people beyond stereotypes, who embraces discomfort as growth and  who leads with compassion instead of fear.

Please don’t let fear, especially fear that isn’t yours, make choices for you, don’t let other people’s projections drown out your intuition and don’t let the world convince you that you don’t belong in the places your heart feels drawn to.

Go where your soul feels most alive, you’ll eventually realise that West Africa is where you are happiest, even if you don’t understand the why yet. The reason will reveal itself later... it always does.

One day, the Caribbean will show you who you can become... softer, more grounded, more connected to humanity. And Africa will show you who you are... brave, intuitive, curious, deeply human in a way the world tried to make you forget.

And I promise you when you look back, you won’t just be grateful for the places you visited or the lessons they gave you. You’ll be truly grateful for the people who crossed your path and became family to you in ways you never expected.

Friday, 12 September 2025

Alejarme para volver a encontrarme

 


Elegirme a mí misma y a la vida

Llega un momento en el que el silencio se vuelve más fuerte que el ruido, cuando dejas de correr de una entrega a otra, cuando dejas el teléfono a un lado o te alejas del ordenador, y simplemente te paras y te fijas… en ti misma, en las personas que amas y en el mundo que te rodea.

A veces, está en algo tan simple como un atardecer. La forma en que la luz va cambiando, los colores cubren el cielo y el mundo parece detenerse por un instante. Los atardeceres siempre han sido mi terapia y mi recordatorio constante de que los finales también pueden ser preciosos, de que cerrar un capítulo siempre da la oportunidad para que uno nuevo comience.

En esa calma, te das cuenta de que la vida no debería sentirse así. Que el agotamiento no es una moneda que tengamos que pagar para existir y que la alegría no debería reservarse solo para los fines de semana o las vacaciones.

Creo que hay una gran diferencia entre existir y vivir. Existir se siente como avanzar por la vida en las sombras, siempre esperando al viernes, esperando a las vacaciones, esperando al “momento adecuado”. Pero vivir de verdad llega en destellos de color: en la risa de mi hijo, en la presencia de mi familia y en un atardecer que me recuerda lo precioso que es todo.

Durante mucho tiempo me convencí de lo contrario. Como tantas personas, me repetía que el cansancio era normal, que el estrés era el precio de tener un trabajo que parecía bueno desde fuera, que silenciar mis propias necesidades era simplemente ser “profesional”. Pero cada vez que me permitía estar por completo en el presente, lo sentía en lo más profundo de mi ser: esto no puede ser todo lo que hay en la vida.

Enamorándome de los Recursos Humanos

Hace doce años no me planteé una carrera en Recursos Humanos y llegué casi por accidente, estando en el lugar y en el momento adecuados. Pero lo que empezó como una casualidad se convirtió en mi vocación.

Descubrí el privilegio inmenso de dar forma a la experiencia de los empleados, de acompañar a las personas no solo en sus hitos profesionales sino también en sus momentos más vulnerables. El nacimiento de un hijo, la pérdida de un ser querido, la emoción de un nuevo rol, la tristeza de una despedida... Estamos en el centro de todo eso. Y poder apoyar a las personas en esas transiciones, influir en cómo se sienten cuidadas y valoradas, me dio un propósito.

De eso me enamoré. Y durante más de una década, eso fue lo que me mantuvo presente: la convicción de que mi trabajo importaba, de que podía crear espacios donde otros se sintieran vistos, escuchados y acompañados.

El privilegio de un liderazgo global

En estos últimos años, uno de los mayores privilegios de mi carrera ha sido liderar un equipo global. Verles estar ahí, cuidarse unos a otros y apoyar a las personas a las que damos soporte, a pesar de todos los retos que hemos enfrentado juntos, me ha inspirado enormemente.

La resiliencia, la compasión, la forma en que llevaron no solo sus responsabilidades sino también a los demás ha sido hermoso de presenciar. Lo haría mil veces más, sin dudarlo, porque esos momentos, ese espíritu de conexión y humanidad, me recordaron por qué elegí este camino desde el principio.

Hay recuerdos de este viaje que se quedarán conmigo para siempre: la colaboración en los tiempos difíciles, la forma en que alguien del equipo siempre daba un paso adelante cuando otro estaba en apuros y necesitaba ayuda, las risas compartidas incluso en medio de proyectos intensos. No son solo recuerdos profesionales... son humanos. Liderar este equipo no solo me ha formado como líder, sino como persona.

La sombra que creció

Pero siempre podemos poner a prueba al amor. 

Con el tiempo, noté que estaba cambiando… La chispa que una vez tuve empezó a apagarse, los valores que me habían guiado, integridad, respeto, empatía, ya no siempre se alineaban con la forma en que la función era entendida o priorizada. Y empecé a cuestionar mi voz, mi lugar y mi valor.

Y darme cuenta de esto fue muy duro porque significaba admitir que la estabilidad a la que me aferraba me estaba costando algo mucho más grande: mi paz.

Durante el último año, he luchado con esa incomodidad. Me repetía que las cosas mejorarían, me recordaba todo lo que había construido: casi siete años de dedicación, crecimiento y logros. Había creado algo desde cero con mis propias manos, había crecido junto con la empresa, moldeada por oportunidades y desafíos que me convirtieron en la profesional que soy hoy.

Es difícil explicar lo que se siente, porque no es un gran momento, sino una erosión lenta. Una parte de ti se apaga cada día: las ideas que dejas de expresar, la energía que ya no aportas, la pasión que se entierra bajo la decepción y la frustración, hasta que un día te miras y admites que esa no eres tú. 

En el fondo sabía que quedarme significaría traicionarme a mí misma, convirtiéndome lentamente en alguien que no reconocía… frustrada, conflictiva y resentida. Y no podía permitir que eso le ocurriera a la profesión que amo, ni a mí misma.

La decisión de marcharme

Así que hoy, con una mezcla de gratitud y tristeza, cierro este capítulo.

Es agridulce, porque echaré profundamente de menos a mi equipo, los momentos de crecimiento, porque siempre estaré agradecida por las oportunidades que he tenido aquí. Pero también es necesario, porque sé que honrarme a mí misma y a mi legado requiere que dé un paso al lado.

Elijo irme con honestidad, con dignidad y con amor por todo lo que construí. Elijo proteger mi luz antes de que se apague por completo.

Y al irme, no me alejo de la responsabilidad: camino hacia la verdad. Porque quedarme, para mí, habría significado que en algún momento dejara de mostrarme como realmente soy y eso no habría sido justo: ni para mí, ni para mi equipo, ni para la empresa en la que me he dejado la piel. A veces, el acto más valioso que podemos ofrecer es apartarnos con integridad, para que lo que construimos no quede ensombrecido por el peso de la falta de sintonía y la negatividad.

La transformación como constante

Alejarse de la estabilidad nunca es fácil, porque lo desconocido intimida y da miedo. Pero si algo he aprendido es que la vida está hecha de ciclos. No estamos destinados a permanecer en el mismo sitio para siempre, estamos destinados a transformarnos.

Mi vida ha sido un renacer constante, y siempre lo he abrazado en los momentos más importantes. A los 21, dejé un trabajo estable para irme a Londres como au pair, confiando en que lo desconocido me enseñaría más que la comodidad. Más tarde, abandoné la universidad, donde estudiaba para ser profesora de inglés, porque sentí una llamada más fuerte hacia un camino distinto, y ese salto me llevó a Recursos Humanos, la carrera que llegaría a amar.

Volví a dejar España para regresar a Londres, esta vez con la oportunidad de unirme a PwC y entrar en el mundo de una Big 4, donde me demostré a mí misma que podía trabajar en espacios globales. Me transformé una vez más al convertirme en madre, una experiencia que cambió por completo mi perspectiva sobre el amor, la responsabilidad y el legado que quiero dejar.

Y quizá una de las transformaciones más difíciles fue elegir marcharme de una relación de diez años, divorciándome del padre de mi hijo porque ya no me sentía respetada, amada ni valorada. Fue una elección para proteger mi paz y redescubrirme después de haber perdido tanto de mí en esa relación.

Cada una de esas decisiones fue aterradora en su momento, pero cada una me enseñó algo vital: que podía sobrevivir a todos los finales, que podía confiar en mí misma ante lo desconocido, que podía reconstruirme desde cero sin perder quién era. Y cada vez descubrí una versión de mí que no habría conocido si me hubiese quedado.

La transformación siempre ha sido mi compañera. Cada vez que la he elegido, he resurgido más fuerte, más libre y más en armonía conmigo misma. Y sé que este momento no es diferente.

Más allá del trabajo: una filosofía de vida

Esto no se trata solo de dejar un trabajo, se trata de elegir la vida en todas sus formas. Se trata de negarse a permanecer en amistades que no suman, en relaciones que te asfixian o en espacios que te silencian.

Se trata de recordar que no le debemos a nadie una versión nuestra en piloto automático. Solo nos debemos a nosotros mismos autenticidad, paz y amor.

Proteger mi paz no significa vivir sin retos, sino poner límites, decir que no cuando algo no encaja, y elegir la presencia con mis seres queridos por encima de la productividad constante. Significa, en última instancia, recordar que la vida no se mide en plazos o hitos, sino en momentos de conexión.

Y quizá esa sea la lección más grande que me llevo hoy: al final, lo que permanece no son los proyectos llamativos ni los títulos, sino el amor que dimos, la presencia que cultivamos y la verdad que nos atrevimos a honrar.

Elegirme a mí misma

No sé exactamente qué vendrá a partir de hoy y, curiosamente, estoy tranquila con eso, porque creo que el presente es todo lo que realmente tenemos, y ahora mismo, en este momento, sé que he tomado la decisión correcta.

Me elijo a mí misma y elijo la vida. Elijo proteger mi luz para que me siga iluminando el camino hacia adelante.

Y si estás leyendo esto, tómalo como una invitación a pausar, a escuchar tu voz interior y a preguntarte si estás en espacios que te permiten crecer o en aquellos que silenciosamente te desgastan.

La vida es demasiado maravillosa y valiosa como para desperdiciarla en lugares que apagan tu luz.

Así que elígete a ti misma. Una y otra vez. Y otra vez.

Y al igual que el sol al ponerse, sé que este final también tiene su belleza. Porque cada atardecer, por más agridulce que sea, lleva consigo una promesa: la de que siempre habrá un nuevo amanecer. 

Walking Away to Find Myself Again





Choosing Myself and Choosing Life

There comes a moment when silence becomes louder than the noise. When you stop running from one deadline to another, when you put down the phone or step away from the laptop, and you simply notice yourself, the people you love, and the world around you. 

Sometimes, it’s in something as simple as a sunset. The way the light softens, the colors spread, and the world seems to pause for just a moment. Sunsets have always been my therapy and my reminder that endings can be beautiful too, that closing a chapter always makes space for a new one.

In that stillness, you realize that life isn’t supposed to feel like this. That exhaustion isn’t a currency we should pay to exist and that joy shouldn’t only be reserved for weekends or holidays.

I believe there’s a big difference between existing and living. Existing feels like moving through life in the shadows, always waiting for Friday, waiting for holidays, waiting for the “right” time. But truly living arrives in flashes of color: in the laughter of my son, in the quiet presence of family and in the glow of a sunset that reminds me how precious it all is.

For a long time, I convinced myself otherwise. Like so many of us, I told myself that tiredness was normal, that stress was the price of having a job that looked good on paper, that silencing my needs was simply being “professional.” But whenever I allowed myself to stand fully in the present, I knew the truth deep inside: this can’t be all there is.


Falling in Love with Human Resources

Twelve years ago, I didn’t plan on a career in Human Resources. I fell into it almost by accident just being at the right time and in the right place but what started as coincidence became my calling.

I discovered the incredible privilege of shaping the employee experience, of standing by people not just in their professional milestones but also in their most vulnerable life moments. The birth of a child, the loss of a loved one, the excitement of a new role, the heartbreak of a departure... We sit at the intersection of all of it. And being able to support people through those transitions, to influence the way they felt cared for and valued, gave me purpose.

That’s what I fell in love with. And for more than a decade, that’s what kept me showing up: the belief that my work mattered, that I could create spaces where others felt seen, heard and supported.


The Privilege of Global Leadership

In these past years, one of the greatest privileges of my career has been leading a global team. Watching them show up, care for one another, and support the people we serve, despite all the challenges we’ve faced together, has been nothing short of inspiring.

The resilience, the compassion, the way they carried not only their responsibilities but also each other has been beautiful to witness. I would do it a thousand times again, without hesitation because those moments, that spirit of connection and humanity, reminded me why I chose this path in the first place.

There are memories from this journey that will stay with me forever: the quiet collaboration during difficult times, the way someone on the team always stepped forward when another was struggling, the laughter we shared even in the middle of intense deadlines. These aren’t just professional memories... they are human ones. Leading this team has not only shaped me as a leader, but as a person.


The Shadow That Grew

But love can be tested.

Over time, I noticed myself changing... The spark I once had started to fade, the values that had guided me, integrity, respect, empathy, didn’t always align with the way the function was represented or prioritized. And I started questioning my voice, my place and my worth. 

And that realization was very painful because it meant admitting that the stability I was holding onto was costing me something far greater: my peace.

For the past year, I've wrestled with that discomfort. I've told myself things would improve, I've reminded myself of all I had built: nearly seven years of dedication, growth, and achievement. I had created something from scratch with my own bare hands, I had grown alongside the company, shaped by opportunities and challenges that made me who I am today as a professional.

It’s hard to explain what that feels like because it’s not one big moment, but a slow erosion. A part of you goes quiet each day: the ideas you stop voicing, the energy you no longer bring, the passion that gets buried under disappointment and frustration until one day you look at yourself and realize: this isn’t who I want to be.

But deep down, I knew that staying would mean betraying myself slowly becoming someone I didn’t recognize: frustrated, confrontational, and resentful. And I couldn’t let that happen to the profession I love, or to myself.


The Decision to Leave

So today, with a mix of gratitude and grief, I close this chapter.

It is bittersweet because I will miss my team deeply, because I will miss the moments of growth, because I will always be grateful for the opportunities I had here. But it is also necessary because I know that honoring myself and my legacy requires me to step away.

I choose to leave with honesty, with dignity, and with love for everything I built. I choose to protect my spark before it burns out completely.

And in leaving, I’m not walking away from responsibility but I’m walking toward truth. Because staying, for me, would have meant at some point not showing up as I truly am. And that wouldn’t have been fair: not to myself, not to my team, and not to the company I’ve poured so much into. Sometimes the most caring act we can offer is to step aside with integrity, so that what we built doesn’t become overshadowed by the weight of misalignment and negativity.


Transformation as a Constant

Walking away from stability is never easy because the unknown is intimidating and very scary but if there’s one thing I’ve learned, it’s that life is made of cycles. We’re not meant to stay still forever, we’re meant to transform.

My life has been a constant rebirth, and I’ve always embraced it in the most important moments. At 21, I quit a stable job to move to London as an au pair, trusting that the unknown would teach me more than comfort ever could. Later, I walked away from university, where I was studying to become an English teacher, because I felt a stronger pull toward a different path and that leap led me into Human Resources, the career I would grow to love.

I left Spain again to return to London, this time for the chance to join PwC and step into the world of a Big 4 company, where I proved to myself that I could stand in global spaces. I transformed once more when I became a mother, an experience that shifted my entire perspective on love, responsibility, and the legacy I want to leave.

And perhaps one of the hardest transformations was choosing to walk away from a 10-year relationship, divorcing the father of my child because I no longer felt respected, loved, or valued. It was a choice to protect my peace and rediscover myself after losing so much of who I was in that relationship.

Each of those choices felt terrifying at the time but each one taught me something vital... that I could survive endings, that I could trust myself in the unknown, that I could rebuild from scratch without losing who I was. And each time, I discovered a version of myself I wouldn’t have met if I had stayed.

Transformation has always been my companion. Each time I’ve chosen it, I’ve emerged stronger, freer, more aligned. And I trust this moment is no different.


Beyond Work: A Life Philosophy

This isn’t just about leaving a job, it’s about choosing life in every sense... It's refusing to stay in friendships that diminish you, relationships that suffocate you, or spaces that silence you.

It’s about remembering that we don’t owe anyone the version of ourselves that runs on autopilot. We only owe ourselves authenticity, peace, and love.

Protecting my peace doesn’t mean living without challenges but it means setting boundaries, saying no when something doesn’t align, and choosing presence with my loved ones over constant productivity. It ultimately means remembering that life is not measured in deadlines or milestones, but in moments of connection.

And maybe that’s the biggest lesson I carry with me today: what remains in the end isn’t the fancy projects or the titles, but the love we gave, the presence we cultivated, and the truth we honored.


Choosing Myself

I don’t know exactly what comes next and, strangely, I’m at peace with that because I believe the present is all we truly have, and right now, in this present moment, I know I’ve made the right choice.

I’m choosing myself, I'm choosing life, I’m choosing to protect my spark so it can continue lighting the way forward.

And if you’re reading this, take this as a gentle invitation to pause, to listen to your inner voice and to ask yourself if you’re in spaces that allow you to grow or in ones that quietly drain you.

Life is too precious to spend in places that dim your light.

So choose yourself again and again... And again.

And just like the sun setting, I know this ending carries its own beauty because every sunset, no matter how bittersweet, is a promise that a new dawn will always rise. 

Monday, 8 September 2025

Oyofe: Una Aldea Hecha de Ritmo y Amor

 


Siempre He Amado Bailar...

De niña, bailar para mí era pura alegría, los movimientos eran espontáneos y llenos de vida. No pensaba demasiado en ello entonces; solo sabía que bailar me hacía sentir libre. Pero en algún momento del camino, la vida se volvió más pesada. Las responsabilidades se acumularon, las relaciones cambiaron, y la versión de mí misma que bailaba sin inhibiciones se fue apagando hasta desaparecer casi por completo.

Convertirme en madre me cambió de formas muy profundas. Me mostró lo que significa el amor incondicional, pero también me puso a prueba hasta la médula. Estaba atravesando la primera maternidad atrapada en una relación tóxica y emocionalmente abusiva con mi entonces marido, y sentía que me estaba perdiendo a mí misma… lenta y silenciosamente, pedazo a pedazo.

Creo que muchas madres pueden identificarse con esta sensación… no solo con desvanecerse en un segundo plano mientras se atienden las necesidades de los demás, sino con convertirse en “mamá”, y de repente eso es lo que eres para el mundo. Y aunque es un nombre lleno de amor, también puede sentirse como si tu identidad, tus sueños, tus deseos, tu yo de antes… quedaran a un lado y poco a poco desaparecieran. Existe un duelo silencioso por esas partes de ti, no porque hayas dejado de quererlas, sino porque simplemente no hay espacio para sostenerlas. Navegar la nueva versión de ti mientras intentas seguir conectada con quien eras es uno de los ajustes más difíciles, y para mí, el baile se convirtió en el puente entre ambas.

Fue en uno de esos momentos dolorosos de mi vida cuando volví a bailar; no solo como un pasatiempo, sino como un salvavidas para volver a sentirme completa.

Bailar Como Medicina

Me apunté a un estudio de danza “all styles”, con nervios y sin grandes expectativas; solo necesitaba algo que fuera mío, algo que me recordara quién había sido. Ese espacio me dio la oportunidad de explorar diferentes estilos: Hip Hop, Twerking, Sexy, Dancehall… Cada uno me ayudó a reconectar con mi cuerpo de una manera nueva. Me estaba despertando de nuevo, pedazo a pedazo.

Pero el verdadero punto de inflexión llegó cuando tomé mi primera clase de danza africana. Aún recuerdo ese momento con tanta claridad: empezó el ritmo, la energía en la sala cambió, y algo dentro de mí también. Había alegría en el aire y todo el mundo sonreía, se movía, celebraba. No importaba si no sabías hacer un paso porque la gente se animaba mutuamente, se apoyaba, recordándose que lo más importante no era la perfección, sino la alegría.

Ya no solo bailaba, me estaba divirtiendo. De esa diversión que te saca de la cabeza, te trae plenamente al cuerpo y te hace olvidar que alguna vez tuviste miedo.

Encajó al instante. Supe que había encontrado algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.

Más allá de eso, entendí algo más profundo: bailar ayuda a mi salud mental como nada más lo hace. Estos últimos seis años han traído muchos altibajos. La vida, el trabajo, la maternidad en solitario… todo puede resultar abrumador. El estrés me pesa mucho, sobretodo cuando las presiones del trabajo aumentan. Y sin embargo, cuando bailo, es como si todo lo demás se pausara. Es lo único que realmente me ancla. El baile es mi terapia… es mi forma de sobrevivir.

El Día en Que la Música Me Hizo Valiente

Después de un par de años bailando en el estudio, quería más. Sabía que no quería limitarme a aprender pasos; quería comprender la historia, el significado detrás del movimiento. Quería sentir el alma del baile; no solo en mi cuerpo, sino en mis huesos. Sabía que si iba a continuar este camino, necesitaba aprender de alguien que encarnara la cultura, alguien que pudiera enseñarme no solo técnica, sino también contexto.

Así encontré a Nico, también conocido como Oulouy, de Costa de Marfil, residente en Barcelona.

Curiosamente, lo seguía en redes sociales desde hacía años. Durante dos años enteros me repetí que quería ir a sus clases mientras veía sus stories de Instagram, pero algo siempre me detenía; sobre todo el miedo, la inseguridad y esa voz que susurraba “¿y si no puedes seguir el ritmo?”.

En el verano de 2020, fui a una fiesta de Dancehall y música africana en la playa y casualmente Nico estaba allí. Recuerdo estar un instante a su lado, mirándolo moverse con una canción de Afrobeats. La forma en que su cuerpo respondía al ritmo, con tanta gracia y alma, me dejó completamente hipnotizada. Quería con todas mis fuerzas decirle algo, contarle cuánto admiraba su movimiento… pero no lo hice, porque siempre he sido tímida.

En septiembre de 2020 fue cuando finalmente me dije: basta. Tenía que dejar de permitir que el miedo me frenara. Decidí presentarme a su clase aunque me equivocara, aunque no supiera los pasos. Así que entré a un pequeño estudio en Gràcia, sin conocer a nadie. Estaba callada, nerviosa, casi encogida en mí misma. Pero en el momento en que Nico dio al play… todo cambió. Empezó la música, y fue como si mi cuerpo recordara cómo respirar y me olvidara del miedo, de los demás en la sala, y lo único que quedó fue ritmo y presencia.

Desde esa primera clase supe que había encontrado algo distinto. Nico me abrió un mundo entero de estilos de danza africana de todo el continente. Me dio el espacio para explorar, aprender y crecer. Con él redescubrí mi amor por el Coupé Décalé y el Ndombolo; dos estilos que ahora viven profundamente en mi cuerpo y en mi corazón. Me enseñó las bases, el significado cultural, los matices sociales… y al hacerlo, me ayudó a encontrar una confianza que ni sabía que estaba buscando.

Aunque conocía el Coupé Décalé desde los 17, Nico fue la primera persona que realmente me enseñó a bailarlo: con autenticidad y propósito. Y no se quedó ahí. Sin él, no creo que me hubiese atrevido jamás a ir a Abiyán a tomar clases privadas con coreógrafos locales e aprender de los bailarines locales. Pero él hizo que ese salto pareciera posible. No solo me enseñó a bailar, sino que me dio el valor de reclamar mi lugar en este camino.

El Nacimiento de Oyofe

Nico no es solo un bailarín o profesor. Creo que es un visionario, y es el rostro, cuerpo, corazón y mente detrás del increíble Oyofe Dance Camp.

Lo apoyé desde el principio, y aún recuerdo entrar en Oyofe Vol. 1 en diciembre de 2021 muy nerviosa, intimidada e insegura de mí misma. Fue en un estudio-almacén en Sant Martí. Éramos quizás 60 bailarines, en su mayoría de España, reuniéndonos para algo que aún no entendíamos del todo, pero que ya amábamos.

Tenía miedo… miedo de no estar a la altura, miedo de equivocarme, miedo de no encajar. Estábamos a punto de bailar con coreógrafos reconocidos y bailarines con un talento increíble. Aún hoy no sé hacer la mitad de las cosas que enseñan (y a menudo me río de mí misma en el proceso), pero desde el momento en que entré en la sala, sentí algo distinto. Había alegría en el aire, había calidez y, sobre todo, no había ego. Solo había personas compartiendo espacio, aprendiendo, creciendo y vibrando juntas mientras bailaban.

Ese primer Oyofe se sintió como un hogar y lo cambió todo.

De 60 a Cientos: Una Familia en Movimiento

Desde entonces, Oyofe ha crecido hasta convertirse en el mayor campamento de danzas africanas del mundo.

En el último Oyofe Vol. 8, cientos de bailarines de todos los rincones del planeta se reunieron en Barcelona, y de alguna manera, aún se sentía como familia. En cada edición, en julio y diciembre, caras conocidas vuelven a la ciudad, Oyofe se ha convertido en nuestro reencuentro y contamos los días durante todo el año, no solo para bailar, sino para reconectar: con la música, con los demás y con nosotros mismos.

Hay algo increíblemente especial en bailar en una sala llena de personas que quizás no hablen el mismo idioma, pero que todas entienden el ritmo. Ríes, sudas, tropiezas, te exiges… y sales sintiéndote más viva que nunca.

Bailar con Nico, y ser parte de Oyofe, no solo me dio técnica o confianza, me dio comunidad. Con el tiempo, formé amistades profundas con personas que jamás habría conocido de otra manera. Algunas de ellas se han convertido en una verdadera familia; son personas en las que confío, que amo y con las que me siento profundamente conectada. Esa es la magia de Oyofe… Reúne a la gente a través del movimiento y, antes de darte cuenta, has construido algo más grande que tú misma.

Rompiendo Barreras: Trayendo Bailarines del Continente

Una de las cosas que más admiro de Nico es que nunca olvida sus raíces y está comprometido con que los bailarines del continente africano no solo sean vistos, sino celebrados.

Trabaja incansablemente entre bambalinas para traer bailarines africanos directamente a Oyofe, no solo para enseñar, sino para ser reconocidos como portadores de cultura, líderes y artistas en su propio derecho. Y sé que nunca es fácil… la logística es agotadora, los procesos de visado suelen ser deshumanizantes, complicados e injustos, porque a veces las solicitudes son rechazadas sin explicación. Algunos bailarines esperan meses una decisión que nunca llega, los vuelos deben pagarse por adelantado sin garantía de que puedan viajar. Y aun así, Nico sigue insistiendo… envía cartas, llama, intenta una y otra vez todo porque cree en lo que traen y porque sabe que para que Oyofe honre verdaderamente la danza africana, debe poner en el centro a quienes la viven directamente.

En un mundo que sigue creando barreras para que el talento africano pueda moverse libremente, compartir su arte y ser tratado con respeto, la lucha de Nico no es solo logística; es política, cultural y profundamente personal.

Porque la representación y la oportunidad importan.
Porque estos bailarines merecen brillar en escenarios internacionales también, no solo por su talento, sino por todo lo que cargan consigo: cultura, espíritu, legado y orgullo.

Y cuando finalmente llegan, ya sea de Costa de Marfil, Congo, Nigeria, Ghana, Sudáfrica o más allá, iluminan la sala. Se siente la profundidad en sus pasos, se escuchan las historias en su ritmo… Se ven generaciones de conocimiento transmitidas a través del movimiento. Y de repente, Oyofe deja de ser solo un campamento de danza para convertirse en un archivo vivo de la excelencia africana.

Gracias a Nico y al equipo, Oyofe no se trata solo de celebrar la danza africana, sino de crear acceso real, tender puentes reales y asegurar que la cultura nunca se separe de las personas que la mantienen viva.

Más Que Baile: Oyofe Es Africanidad en Movimiento

Lo que hace a Oyofe tan diferente y sagrado es que no se trata solo de coreografía. En realidad, es una celebración de la africanidad en toda su complejidad y belleza.

Cada clase de danza está enraizada en fundamentos e historia. No solo aprendes los “movimientos”; aprendes por qué existen, de dónde vienen, quién los creó y qué significan. Oyofe deja eso claro porque enseña respeto. Cada país, cada región, cada género es único y merece ser honrado como tal.

Y más allá del baile, Oyofe se convierte en una aldea viva y palpitante.

Negocios africanos y afrodescendientes instalan sus puestos, vendiendo artesanías, ropa, joyería. El aire huele a thieb, dibi, alloco. La gente bebe bissap y zumo de jengibre entre clases, mientras la música africana suena por la calle. Es sensorial, alegre, vivo. No es un festival ni un campamento, es toda una experiencia.

Y lo que lo hace aún más poderoso es que no solo participan bailarines o estudiantes del continente africano, también lo hace la diáspora. Con los años he visto llegar a más y más personas de la diáspora africana y afrocaribeña a Oyofe. Mundos que se reencuentran a través del ritmo y el movimiento. En la última edición incluso conocí a un bailarín de Granada y, si me conoces, sabes que esa es mi isla favorita del mundo. En un momento, vi ondear la bandera granadina en el aire y mi cara entera se iluminó. Fue un momento de círculo completo: África y sus hijos, separados por océanos, reuniéndose de nuevo a través del movimiento, la música y la alegría.

Pero el trabajo de Nico no termina aquí. Ha sido increíble presenciar cómo también está llevando la danza africana al mundo del teatro. Está mostrando al mundo que estos estilos, a menudo descartados como “solo coreografía”, son en realidad formas de arte vivas, llenas de emoción, historia y profundidad cultural. En el escenario, estos movimientos se convierten en narrativa, en expresión, en verdad. Pertenecen tanto a los teatros como a los estudios o clubes, y merecen ser destacados, celebrados y tomados en serio como arte.

Ver a Nico romper esas barreras y elevar la danza africana en estos espacios es un recordatorio de que esto no es solo movimiento… es resistencia y legado.

Detrás de Escena: Alegría Incansable

Lo que la mayoría no ve es todo el trabajo que hay detrás. Las cosas no siempre salen perfectas, eso es inevitable en cualquier gran evento. Pero Nico y su equipo lo sostienen todo con gracia, humor y un corazón incansable.

Incluso cuando algo sale mal, Nico nunca pierde la sonrisa. Enfrenta cada reto con esa joie de vivre que tiene; una alegría de vivir que se expande y se vuelve contagiosa. Esa alegría es la razón por la que Oyofe se siente tan seguro y tan vivo, y también la razón por la que la gente sigue volviendo, edición tras edición.

Nunca olvidaré la vez que se fue la electricidad en medio de una fiesta. Sin música, sin luces, nada. Para la mayoría, eso habría significado parar, esperar y estresarse. Pero no para Nico.

En cuestión de minutos, convirtió el momento en magia. Uno de los músicos cogió los tambores, la gente formó un círculo y Nico nos guió en una celebración espontánea de ritmo y energía. Sin playlist, sin altavoces, solo percusión en vivo y pura alegría. Bailamos sin parar durante 45 minutos hasta que volvió la luz, y sinceramente, esa es una de mis mejores memorias de Oyofe.

No se trataba solo de mantener las cosas en marcha, sino de transformar lo inesperado en alegría. Esa capacidad de adaptarse al caos, de celebrar en medio del reto, de convertir un problema en una fiesta. Fue un momento que mostró ese espíritu resiliente, creativo y vital que dice: pase lo que pase, bailas y disfrutas igual. Y de eso está hecho Oyofe.

No se trata solo de las coreografías ni de los profesores. Es la energía, la forma en que se sostiene a las personas, la manera en que se anima a todos a mostrarse tal cual son, sin miedo al juicio. Eso es lo que crea la magia y lo que hace que Oyofe sea un espacio que siempre se siente como volver a casa.

Seguimos Adelante

Y sé, en lo más profundo de mi corazón, que esto es solo el comienzo y pronto seremos miles.

Lo que empezó como un campamento de danza se ha convertido en un movimiento global, y sigue evolucionando. Oyofe ya no es solo un encuentro dos veces al año.

En Barcelona, seguimos con Oyofe Studio, un nuevo capítulo donde la energía del festival encuentra un hogar durante todo el año. Un espacio donde podemos seguir entrenando, conectando y creciendo juntos. Y ahora, mi hijo Thierry, que solo tiene 8 años, ha empezado a acompañarme en este camino. Viene conmigo a Oyofe, observa, baila, conecta. Me emociona ver cómo algo que me dio tanto ahora forma parte de su historia también. Presenciarlo empapándose de la música, la comunidad, la cultura… es un momento de círculo completo que jamás hubiera imaginado. Oyofe está convirtiéndose en parte de la memoria de nuestra familia.

Gratitud

Siempre estaré agradecida por lo que Nico y Oyofe han traído a mi vida. Me han devuelto la danza, sí, pero también me han devuelto a mí misma. Me han dado valentía, conexión, sanación y familia. Me han recordado que la alegría es una forma de resistencia, que el movimiento es medicina, y que nunca es tarde para volver a ti misma.

A Nico, a todo el equipo de Oyofe, y a cada bailarín que he conocido en el camino… Gracias, siempre seréis una parte de mí. Que este espacio siga creciendo sin perder su alma, que siempre sea un lugar donde la gente se sienta segura para ser ella misma, aprenda con humildad, deje el ego en la puerta, comparta abiertamente, baile con alegría y honre y celebre las culturas africanas con profundo respeto y orgullo.

Y por supuesto… nos veremos pronto para nuestro propio Detty December. Estoy lista para unirme a la rivalidad de baile Ghana vs Nigeria y descubrir qué país trae más fuego (porque seamos honestos, todos sabemos que el mejor jollof vive en Senegal y Gambia).

“Quien come solo no puede comentar el sabor de la comida con otros.”
Oyofe nos lo recuerda cada día… que la verdadera riqueza está en lo que compartimos los unos con los otros: la música, las historias, el sudor, la alegría, la risa.

Y a cualquiera que lea esto y sienta que ha perdido una parte de sí mismo, prueba a moverte. No para ser perfecto, sino simplemente para sentir. Puede que te sorprenda lo que encuentres: no solo tu propia fuerza, sino una comunidad que te recibe como familia.

Cómo África y el Caribe Me Cambiaron

Desde que tengo memoria, África ha estado dentro de mí… siempre hubo una atracción que no podía explicar, una curiosidad que no desaparecía ...