Desde que tengo memoria, África ha estado dentro de mí… siempre hubo una atracción que no podía explicar, una curiosidad que no desaparecía y una sensación de conexión que no tenía lógica pero que no podía ignorar. En especial África Occidental, una región hacia la que siempre sentí una atracción especial, incluso antes de entenderlo realmente. No sabía cómo describirlo entonces, pero ahora, mirando atrás, creo que una parte de mí ya intuía que ese lugar iba a tener un significado importante en mi vida.
Y aun así… me mantuve lejos, no porque no quisiera ir, sino porque todavía no era lo suficientemente valiente. Me costó más de diez años reunir el coraje para seguir ese instinto y verlo por mí misma porque durante mucho tiempo tuve una imagen de todo un continente moldeada por décadas de mensajes engañosos en los medios de comunicación desde una mirada distorsionada que hacía que lo desconocido se viera como un peligro en vez de algo bonito. Dejé que el miedo y la desinformación crearan distancia entre yo y un lugar que llevaba años llamándome.
Me tomó mucho tiempo entender esto: a veces, los lugares que más necesitamos experimentar son precisamente los que más miedo nos dan.
El momento en que finalmente fui por primera vez, algo dentro de mí se abrió. Sentí una mezcla de reconocimiento y alivio, como si recordara algo que no sabía que había olvidado. Me sentí más segura, más acogida, más comprendida y más en casa que en muchos lugares en los que “se suponía” que debía sentirme conectada… y creo que eso lo cambió todo.
Antes viajaba con una mentalidad completamente distinta. Pensaba que quería perseguir grandes ciudades, luces brillantes, lugares icónicos, tachando ciudades famosas de una lista. En ese momento parecía emocionante, pero era superficial y, aunque nunca lo dije en voz alta, ni siquiera a mí misma, cada vez que regresaba a casa sentía un vacío, como si algo faltara.
Pero entonces llegó Grenada.
No lo sabía entonces, pero esa isla sería el comienzo de una nueva relación con el mundo, conmigo misma y con la forma en la que quería viajar. Aún recuerdo aquella mañana temprano en el balcón, tomando té de cacao con la abuela de mi exmarido, nos quedábamos con ellos, en un barrio local sin hoteles ni resorts. La manera en que me contó su historia, su vida, sus sueños y sus sacrificios, con tanta honestidad y dulzura, me enseñó lo que es escuchar de verdad. Sé que su vida no se parecía en nada a la mía y, aun así, me encontré reflejada en sus palabras.
Más tarde, en ese mismo viaje, en el mercado de St. George’s, un hombre mayor que se sentó frente a mí mientras yo bebía una Ting también me marcó. Escuchó mi acento español y sonrió, y luego comenzó a hablarme de su vida… de su carrera en la radio, de la política, de la Grenada que él había vivido y que yo nunca conocería. Dos desconocidos de mundos completamente distintos, y aun así una conexión natural. Esos momentos marcaron un antes y un después. Algo hizo clic dentro de mí: entendí que viajar no era ver lugares; era ver a la gente.
Y una vez que esa puerta se abrió, caminé a través de ella sin mirar atrás.
Cuando tomé la decisión consciente de viajar a África Occidental por primera vez, todo lo que había aprendido en el Caribe se profundizó. Si soy honesta... me desafió hasta la raíz porque me hizo ver sesgos internos que no sabía que tenía y me obligó a sentarme con la incomodidad. Me mostró un mundo completamente distinto al mío y me pidió que no lo juzgara ni tratara de arreglarlo, sino simplemente verlo. Ese primer viaje al continente me abrió, me removió y me hizo cuestionarlo todo: el mundo que siempre había conocido y a mí misma.
Marruecos, y especialmente el Sahara, me confrontaron con el contraste. Para mí, el desierto era a la vez suave y amenazante, alma y sombra, silencio e intensidad. Me di cuenta de que había pasado gran parte de mi vida intentando meter todo en cajas: seguro o peligroso, correcto o incorrecto, bueno o malo… cuando la vida es siempre ambas cosas. El Sahara me obligó a sentarme con las contradicciones en lugar de huir de ellas.
Senegal me enseñó que la comunidad es la base de la vida. La gente se mueve junta, se apoya mutuamente, entiende que pertenecer es algo que se construye, no algo que se compra. Ver cómo se muestran unos por otros me recordó lo desconectada que la vida occidental me había dejado del “nosotros”.
Gambia me enseñó a soltar el control porque, especialmente en África, los planes no siempre salen como uno espera, y eso no es un fracaso. Confiar en que todo pasa por una razón, aprender a fluir, aceptar lo que es y hacer lo mejor con ello ha sido uno de mis mayores aprendizajes, aunque todavía estoy aprendiendo a integrarlo.
Costa de Marfil me enseñó sobre la alegría en su forma más humana. Vi comunidades cargando historias duras y desafíos reales, y aun así eligiendo la risa, la música, el baile y la conexión. Esa alegría era valiente y resistente, y me hizo replantearme lo que yo entendía por “ser fuerte”.
Y luego… llegó Ghana.
Ghana no fue solo un país para mí, fue un espejo. No tenía ninguna expectativa para ese viaje, pero venía de un año difícil y confuso, uno que me obligó a replantearme mi vida mientras seguía escondiendo partes de mí. Quizás fue eso, quizás que me sentía más cómoda hablando inglés, o quizás simplemente que las personas que conocí fueron abiertas, curiosas, reflexivas y acogedoras. No lo sé, pero sí sé que las conversaciones que tuve allí me cambiaron de una forma que no sabía que necesitaba.
Me encontré sentada frente a personas cuyas vidas no se parecían en nada a la mía: culturas distintas, infancias distintas, caminos distintos… y aun así nuestras conversaciones me hicieron bien, me hicieron sentir vista. Debatimos sin compararnos, nos enseñamos mutuamente, nos escuchamos de verdad y, sobre todo, respetamos nuestras verdades porque estábamos escuchando para entender, no para reaccionar.
Hablamos del amor: del que te drena o te salva.
Hablamos del dolor: del que escondes detrás de la fuerza.
Hablamos de la identidad: de lo que muestras y lo que proteges.
Hablamos del mundo: y de lo poco que nos entendemos hasta que decidimos hacerlo.
Esas conversaciones me enseñaron que ser humano es suficiente para crear un puente. A menudo nos hacen creer que las diferencias son barreras, pero cada viaje me ha demostrado que son invitaciones: invitaciones a entendernos, a ser curiosos en lugar de defensivos, a ver a la persona y no el estereotipo. Cuando de verdad te sientas con alguien que piensa distinto y lo escuchas con sinceridad —no para defenderte, sino para entender— algo se mueve dentro de ti. Las paredes se ablandan, las suposiciones caen, y aparece la persona real que tienes delante.
Probablemente ese ha sido el mayor regalo de viajar: entender que la conexión no exige que seamos iguales, solo exige intención.
Y en esas conversaciones nocturnas y vulnerables, entendí algo que llevaba años evitando: había pasado demasiado tiempo encogiéndome para ser entendida por las personas equivocadas. En Ghana nadie me dijo que era “demasiado emocional” o “demasiado intensa” o “un problema”. Al contrario, me mostraron que la profundidad es inteligencia, que la vulnerabilidad es fuerza, que la honestidad es conexión, y que no había nada malo conmigo. Simplemente estaba intentando ser yo en lugares que no sabían cómo recibirme. Me gusta pensar que Ghana me dio permiso para volver a mí misma.
Todas estas experiencias me cambiaron y, de forma natural, cambiaron la manera en que viajo y la manera en que veo el mundo. Viajar con propósito, para mí, no tiene nada que ver con interminables listas. Significa viajar con intención: elegir lugares que me enseñen, elegir experiencias que me transformen, elegir mostrarme tal cual soy en lugar de esconderme detrás de lo que creo que me da seguridad.
También significa apoyar a las comunidades locales, escuchar antes de hablar, respetar culturas incluso cuando desafían mis creencias, moverme más despacio, observar más y permitir que la incomodidad me enseñe, porque ahí es donde suele aparecer la verdad.
Significa soltar el control, dejar ir expectativas y permitir que el mundo me cambie, en lugar de intentar que encaje en lo que aprendí de niña.
Mi visión de lo que debería ser la vida ha cambiado por completo. Crecí en Europa, donde te enseñan desde pequeña que el éxito debe ser rápido, visible y constante… que siempre tienes que ir a por más. Y en ese camino nos olvidamos de vivir, de sentir, de estar presentes. África y el Caribe me mostraron que la vida puede vivirse de otra manera: más lenta, más profunda y más humana, en comunidad, con paciencia, con gratitud y con presencia.
Ahora me muestro en el mundo con menos juicio y más curiosidad, con menos certeza y más humildad, con menos miedo y más confianza. Me gusta pensar que soy otra persona gracias a estos lugares… más abierta, más conectada, más centrada y, sobre todo, más yo. Siempre intento aprender algunas frases en los idiomas locales, comer como come la gente de allí, decir que sí a las invitaciones incluso cuando estoy cansada o insegura, y usar mi intuición como mi brújula.
Un día, me encantaría organizar viajes para otras personas que quieran experimentar esta forma de viajar poniendo a las comunidades locales en el centro, aprendiendo de quienes realmente viven allí y ayudando a cambiar la narrativa sobre lo que estos países realmente son. Quiero que otros sientan lo que yo siento: que viajar puede cambiarte si te dejas, y que hay otra forma de moverte por el mundo, una que nace del respeto, la curiosidad y la conexión humana.
Y hoy, a mis 37 años, mientras escribo estas palabras, no puedo evitar pensar en mi yo del pasado… la que soñaba con África pero tenía miedo, la que escuchaba los miedos de los demás en lugar de su propia intuición, la que seguía aplazando ese deseo, cuando gran parte de quien soy hoy comenzó con aquello que más temía hacer. Si pudiera sentarme con ella ahora, le diría esto:
Ojalá te hubieras confiado antes.
Ojalá hubieras entendido que esas ganas que tenías desde hace años no eran casualidad.
Esa sensación en el pecho te estaba llevando hacia personas, lugares y aprendizajes que iban a marcarte de por vida. No estabas imaginando cosas, no estabas persiguiendo algo imposible… estabas escuchando una parte de ti que aún no sabías cómo creer.
No estabas equivocada por quererlo. Eras curiosa, abierta, y estabas más conectada contigo misma de lo que pensabas. Te estabas acercando a una versión de ti que aún no conocías: una versión que sabe estar cómoda con lo diferente, que ve más allá de los estereotipos, que abraza la incomodidad para crecer y que elige actuar desde la compasión en lugar del miedo.
Por favor, no dejes que ese miedo, sobre todo el miedo que no es tuyo, decida por ti.
No dejes que las voces de otros apaguen la tuya.
No dejes que nadie te convenza de que no perteneces a los lugares a los que tu corazón se siente atraído.
Ve donde tu alma se sienta más viva.
Con el tiempo descubrirás que África Occidental es uno de esos lugares para ti, incluso si al principio no entiendes el porqué.
La razón llegará después… porque siempre llega.
Algún día, el Caribe te mostrará en quién puedes convertirte: una chica más suave, más centrada, más conectada con la humanidad.
Y África te mostrará quién eres: una mujer valiente, intuitiva, curiosa y profundamente humana, aunque el mundo intentara hacerte olvidar de eso.
Y te prometo que cuando mires atrás, no solo estarás agradecida por los lugares que visitaste o por todo lo que aprendiste. Estarás profundamente agradecida por las personas que se cruzaron en tu camino y se convirtieron en familia de formas que nunca imaginaste.